Advertencia
Las siguientes
historias han sido inspiradas por mujeres reales. No obstante, muchas
situaciones no reflejan la realidad, ni mucho menos lo que pensaban los
personajes.
Ahí está ella, en su rutina diaria de lavar los platos. Yo la miro. Observo con detenimiento cómo toma cada uno, cómo los enjabona, uno a uno, hasta terminar con todos. Y al mirarla sé que no está ahí. Con cada plato se transporta, se va lejos. Llega a ese lugar al que la llevan sus pensamientos. Llega a los sueños de juventud que una vez tuvo: de querer hacer, de lograr…, de no estar atada aquí, al pie de una mesa, lavando los platos.
Por eso se transporta a
los anhelos que tuvo, a lo que pudo ser, a lo que no fue, a lo que no logró, a
lo que no la dejaron ser… se transporta a lo que no es. Pero no es que no
quiera estar aquí. Ella es feliz. Es feliz cuando ve llegar a sus nietos, cuando
la abrazan y la llenan de besos. Se alegra cuando el más pequeño de todos se le
sienta en las piernas y empieza a contarle sus fantasías. Es feliz cuando les
cocina a todos y ellos le sonríen. También es feliz cuando cuenta sus historias
de juventud… y, en esas historias, de repente llegan los consejos de su padre y
las experiencias de su madre. Es que en esos consejos y en esas experiencias
está lo que es, lo que construyó. Allí está ese ser de ahora. Ese ser
inimaginable para su juventud. Ese ser que, mientras lava los platos, se
transporta a otro universo.
Quizás no quiere estar
aquí; quizás quiere estar allá. Hay tantas preguntas que quisiera resolver. Hay
tantas respuestas que quisiera encontrar. Si es ahí, si es acá, si es lavando
los platos, si corriendo, si jugando… ¿Qué querrá? —me pregunto—.
A veces dudo y me
callo. Pero quisiera, quisiera preguntarle si con lo que es, con lo que quiso,
con lo que tiene ahora… eso es ella.
Entonces nadie nota
adónde se transporta cuando lava los platos. Yo la miro y puedo comprender: sus
ojos no están allí, su cuerpo está en otro lugar. Nadie más parece darse
cuenta: ella, cuando lava los platos, se va a otro sitio. Por eso, a veces me
acerco y me pongo a su lado. Mientras la ayudo, dejo que hable y que cuente.
Le noto una felicidad,
un brillo en los ojos, mientras habla de lo que quiso ser, de los sueños que
tuvo, de las ilusiones, de lo que quiso construir, de aquello por lo que luchó
y… de su marido. Era su marido. Su marido. Su papá le dijo una vez que había
que obedecerlo, y eso se le quedó. A veces cuestionaba todo, quería rebelarse…
es que daba miedo. Daba miedo cómo la miraba. Daba miedo defraudar lo que su
papá quería que fuera, “cómo quería verla su mamá”. Pero si ella hubiera sabido
lo que, en el fondo, también pensaba su mamá, entonces probablemente su
historia habría sido otra.
No sabía que ambas
compartían el mismo miedo, las mismas frustraciones, los mismos
cuestionamientos. Pero ninguna se atrevía a decir nada: eso daba miedo.

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