Años después —o quizá siempre— la culpa de la noche se lava con agua y jabón.
Luego, con un par de avemarías y dos padres nuestros, inicia una nueva etapa de su vida.
Entonces, todo empieza de nuevo.
Empieza ese nuevo ciclo: me baño, rezo y empato.
La terapia se ha vuelto una improvisación, una excusa y, al mismo tiempo, una solución viable.
El tiempo pasa.
El ángel, sus alas y sus plumas empiezan a sentirse por toda la casa.
Hay una pluma en la cocina.
La
noche anterior cayeron otras en la cama.
Al despertar con los niños se ven regadas por toda la casa.
Ya no es una pluma:
ahora son muchas.
Entonces, cuando menos se esperaba, inicia de nuevo el ciclo.
Llegó
el momento de bañarse con agua y jabón, de rezar las avemarías y los padres nuestros.
Empieza
otra vez el cuento.
La
terapia: excusa y solución.
Los
besos y detalles, las exaltaciones, la euforia de amar sin medida;
exageraciones sin control hasta abandonar la terapia.
Y en esos ires y venires, entre ese ángel y esas plumas, está ella, tan pequeña.
Cree,
porque eso fue lo que aprendió, que los ángeles son temporales.
Pero
sueña con que uno se quede para siempre.
Entonces
recoge cada pluma y la guarda.
A veces, escondida y de noche, llena de miedos y culpas, vuelve a recogerlas.
Las
pega en la imagen que tiene en su cuarto —o en su memoria o en su imaginación—,
porque aún no sabe qué es cada cosa ni entiende lo que ocurre.
Cree
que su ángel regresará y que ella tiene la misión de hacerlo quedarse para
siempre.
Gasta tiempo pegando plumas.
Gasta tiempo imaginando soluciones.
Pero va creciendo.
Va entendiendo que el ángel de su cuarto —o de su memoria o de su
imaginación—, no es el real.
Que
ha gastado tiempo intentando que se quede para siempre y, en ese intento, ha
ido perdiendo la ilusión.
A
veces creo que soy ella.
Que
es un déjà vu lo que estoy viendo.
Porque
eso de bañarse con jabón, de rezar las avemarías y los padres nuestros, no es
nuevo.
Es
tan familiar como el saludo de la mañana, como la taza de café cada vez más
amarga.
El
ciclo lleva generaciones en la familia.
El
baño con agua y jabón, las avemarías y los padres nuestros, los intentos, las
buenas intenciones y las promesas de cambio no han sido suficientes.
El
coleccionista de promesas cree que el saludo en la mañana va a cambiarlo todo.
Carezco
de la diplomacia suficiente como para olvidarlo con un saludo.
Para
mí no es fácil pasar la página y pensar que el agua y el jabón lo limpian todo.
Evito
mirarlo a los ojos.
Esa mirada la he visto muchas veces: en rincones de la casa, en mis noches solitarias, en mis miedos y en mis porqués.
Esos
ojos ya los conozco.
Esa
clase de ángel lo tuve una vez en casa.
Yo
también pegué plumas en las paredes de mi cuarto, mientras el insomnio se
adueñaba de mí.
Ahora
crecí y, aunque no sigo teniendo los mismos miedos, de esos ángeles he huido
toda mi vida.
Con
el tiempo, aprendí que los ángeles no se quedan ni se van por voluntad propia:
se van cuando dejas de recoger sus plumas.
¿No es absurdo creer en ángeles que bajan del cielo por arte de magia?
Entonces, ¿a qué le temes en realidad?
¿Al ángel o a la mentira?
¿A poner fin a un legado
—que nunca ha servido y te da miedo admitirlo—?
No lo llames ángel.
Cada
vez que se baña y reza no es más que un coleccionista de promesas.
Pero
no de sus promesas.
De las tuyas:
este es el fin
hasta aquí aguanté
no repetiré la historia
no permitiré que mis hijos recojan plumas.






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